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sábado, 9 de marzo de 2024

Tinta a la Carta CXXXVII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~

El príncipe y la modista

(Jen Wang)

—¿Podría saber…? ¿Por qué os ponéis ropa de chica?
—No lo sé. Hay días en que me miro al espejo y me digo «¡Ese soy yo, el príncipe Sebastian! Y me pongo ropa de chico y me parezco a mi padre». Pero hay otros días en que se me antoja antinatural. Esos días me siento más como si fuera… una princesa.
 

~Entrada~

Cuando me veas

(Laura Gallego García)

Tina se sentía extraña, como si estuviese contemplando la escena desde fuera, como una espectadora en un cine a la que de pronto hubiesen teletransportado al mundo existente más allá de la pantalla. Estaba allí, pero no estaba. Y, aunque atribuía el insólito comportamiento de su vecino a la tremenda borrachera que llevaba encima, no podía dejar de sentir que aquello no era del todo normal.

Asistió, como en un sueño, a la breve conversación entre el vecino y su mujer a través del interfono; cuando ella abrió por fin la puerta, Tina reaccionó, cogió su mochila y se coló en el portal tras el hombre borracho.

Fue entonces cuando se dio cuenta.

En el recibidor había un viejo espejo que, pese a que estaba rajado por la mitad, todavía aguantaba en su sitio. Tina echó un breve vistazo a su imagen reflejada… y no la vio.

 

~Plato Fuerte~

Moxie

(Jennifer Mathieu)

Puedo ver a las Riot Grrrls –mamá incluida– caminando de noche por la calle con sus borcergos, cortes de pelo desafiantes y labios pintados de negro, listas para defender sus creencias, lo que sabían que era correcto.
Enojadas. Intocables. Imparables. Y, si usamos las palabras que dijo la abuela sobre mamá en la cena de anoche, llenas de empuje.
O moxie en inglés. De pronto, ya lo tengo.
Con la lengua entre los dientes, la mente concentrada, la mano firme, trazo unas letras con cuidado, ya imaginando cómo se verá el producto final. Termino de trazar las letras del título y después, en el último minuto, agrego el lema perfecto. Cuando termino, hago sonar mi cuello, que quedó un poco dolorido por estar encorvada sobre mi creación, totalmente abstraída. Después admiro mi trabajo. Siento la adrenalina correr con fuerza dentro de mí. Sonrío.
Hace siglos que no estoy tan entusiasmada con algo.
 

~Postre~

El lenguaje de las flores

(Vanessa Diffenbaugh)

La mujer estaba cerrando la tienda cuando llegué. Todavía no era mediodía.
—Si buscas otros cinco dólares, llegas tarde —comentó, señalando la furgoneta con la cabeza. Estaba llena de pesados arreglos florales—. Me habría venido bien tu ayuda.
Le mostré mi ramo.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Mi experiencia —contesté, ofreciéndole las flores.
Olió los crisantemos y las rosas; luego metió un dedo entre la verbena y se examinó la yema. Limpia. Echó a andar hacia su furgoneta y me indicó que la siguiera.
De la parte trasera del vehículo cogió un ramillete de rosas blancas, rígidas, muy apretadas y atadas con una cinta de raso rosa. Puso los dos ramos uno al lado del otro. No había comparación. […]

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 9 de diciembre de 2023

Tinta a la Carta CXXXII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Escritoras. Retratos de mujeres
(Virginia Woolf)
[…] Pero, aunque tenemos la sensación de que Jane Austen ha hecho eso antes, y lo ha hecho mejor, la tenemos también de que está intentando algo que no ha intentado nunca hacer. Hay en Persuasión un elemento nuevo, la cualidad, tal vez, que hizo entusiasmarse al doctor Whewell e insistir en que era «la más bella de sus obras». Jane está empezando a descubrir que el mundo es más amplio, más misterioso y más romántico de lo que había supuesto.

 

~Entrada~

Antihéroes

(Iría G. Parente & Selene M. Pascual)

Después, Alejandra le indicó que debía irse a casa y que no podía decir ni una palabra de lo que aquí había visto o de lo que le habían contado. Podría venir a visitarme (una vez por semana, siempre que yo «colaborase»), pero nadie más debía saber dónde está el centro o cuál es su objetivo.

Y así mi padre se marchó, como si sus pasos no fueran suyos, y yo me quedé aquí.

Os dije que mi vida podría ser una mierda si no fuera por mis poderes.

Bienvenidos a mi nueva vida, en la que me han quitado mis poderes. Ahora es una mierda.

 

~Plato Fuerte~

Esquirlas de un solsticio

(Noelia Martín Luna)

—¿Cómo has dicho…?
Amund continuó con su discursito, ahora mucho más animado al ver que su novia estaba tan ilusionada como él. Edith no iba a tolerar ese despropósito ni un segundo más. Ni siquiera sabía por dónde empezar, pero estaba todo mal. […] No iba a casarse con nadie, muchísimo menos con ese engendro azucarado de tres al cuarto. […]. Podía sentir cómo perdía el control de sí misma, cómo su magia, el hielo que corría por sus venas, que nacía en su núcleo y más allá, vibraba con fuerza, suplicando la liberación, ¡reclamando la salida que le correspondía!, una que le hiciera triunfar sobre ese falso intento de príncipe azul.
[…]
—Mi hermana empieza en septiembre su segundo año —dijo despacio, saboreando cada palabra, la suavidad del hielo en su paladar, mientras su sangre hervía de ira—. No se casará contigo ahora y, si dependiera de mí, nunca. ¿Lo entiendes? ¿O necesitas que te lo deje más claro? —siseó.
[…]
Ahí fue cuando se condenó.
—Ed —suplicó Astrid, dando un paso en su dirección y abrazándose a sí misma un segundo más tarde. El aire estaba helado.
—Es mi última palabra —sentenció.
Amund no parecía afectado, no de la misma forma que Astrid.
—Necesitas controlar tu ira, ¿o qué harás cuando te pongan la zancadilla en una negociación? —cuestionó con sorna—. ¿Hacer cubitos de hielo?

 

~Postre~

Dumplin

(Julie Murphy)

—Presentarte a ese concurso es como si te colgaras un cartel que pusiera: «Patéame el trasero». No necesitas mi permiso, pero no quiero ser responsable de eso.
Los hombros de Millie se desploman.
Ellen raspa el suelo con la punta del zapato.
—Deberían hacerlo. Si Millie y Amanda quieren presentarse al concurso contigo, que lo hagan. «¡Viva la revolución!», y todo eso.
—No —insisto—. Deberían irse a casa.
Amanda se encoge de hombros y echa a caminar, pero Millie se queda allí plantada, implorándome en silencio.
Ellen me toma la mano y me la aprieta fuerte.
Yo suspiro.
—La inscripción para la revolución cuesta doscientos billetes.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 9 de septiembre de 2023

Tinta a la Carta CXXVII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~

Ex libris

(Sandra Andrés Belenguer)

Un grito de terror se alzó en la noche logrando sobresaltarme.
¿Estaba tan inmersa en la lectura que lo había imaginado?
Algo me decía que era imposible. La sugestión no era tan real.
Dejé el libro sobre la cama y me encaminé hacia la ventana, pues estaba segura de que aquel alarido procedía del exterior.
Cuando miré a través de los cristales, me quedé paralizada. El corazón me latía tan fuertemente que no me sorprendió descubrir que tenía miedo.
A pocos metros bajo mis ojos, se encontraban dos grandes perros envueltos en llamas, junto a una mujer envuelta por un halo fantasmalmente blanco. Del suelo había surgido una enroscada hiedra que mantenía atrapado a un hombre con el terror reflejándose en su semblante.
En ese momento, experimenté una terrible oleada de pánico que me ascendió hasta la garganta.
¡Era la misma escena que acababa de leer en el misterioso libro que me había regalado Blanchard!

 

~Entrada~

Un encantamiento de cuervos

(Margaret Rogerson)

—Le hiciste algo entre la última sesión y cuando me lo enviaste. Ahora tiene un defecto y todo el que lo contempla lo nota.

—Os pinté a vos, eso es todo. Es lo único en lo que consiste mi arte. ¿Cómo iba a…?

«Oh, oh».

—Pues le hiciste algo —siseó, y sus dedos se curvaron contra la pared.

—¡No! Quiero decir, sí, pero no era parte de ningún plan o sabotaje. Os pinté tal y como sois. Lo vi, Grajo. Lo vi todo, aunque intentasteis ocultarlo.

Vale. Puede que sea un prodigio artístico, pero nunca he dicho que fuera un genio. Justo en ese momento se me ocurrió que la pena secreta de Grajo podía ser secreta por un motivo. Que podía ser un secreto incluso para él.

 

~Plato Fuerte~

Inventos Infernales

(Philip Reeve)

—¡Mamá! —gritó Wren de nuevo y vio fugazmente que su madre le gritaba algo en respuesta antes de que la escotilla se cerrara.
Fishcake la empujó por una puerta hacia la intrincada mezcolanza eléctrica de la cabina de control. Sintió que la lapa se estremecía mientras él empezaba a accionar los mandos con una mano sin dejar de apuntarle a la cabeza con la otra.
—Por favor —imploró. La cabina se sacudió. Wren vio luces en la ladera de la colina, tras la playa—. ¡Socorro! —gritó.
Las olas golpeaban las ventanas de la cabina y Wren atisbó la luna durante un segundo, temblorosa e irreal a través del agua que se elevaba. Entonces, la luna desapareció, el ruido de los motores cambió y ella pensó: «Nos hemos sumergido, ¡ya nunca volveré a casa!». El estómago le dio un vuelco y se desmayó.
 

~Postre~

El anillo de César

(María García Esperón)

Mientras César caía, Bruto no podía dejar de mirar el anillo.
Venus in armis.
¿Por qué no socorriste a tu hijo? ¿Por qué no te apareciste en el Senado, en la Curia de Pompeyo y te llevaste a César envuelto en una nube, como Afrodita se llevara a Paris y lo arrancara de la furia de Menelao en la guerra de Troya?
César se arreglaba los pliegues de la toga. Señorial hasta la última hora. Imperator, Dictator, Rex… César se moría y Bruto no podía dejar de mirar la mano de César, con su anillo de rey. El sello de Bruto se definiría después de esa mañana: el gorro frigio flanqueado por dos puñales y la leyenda Eidibus Martiis.
Idus de marzo.


Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 8 de julio de 2023

Tinta a la Carta CXXII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Memorias de un amigo imaginario
(Matthew Dicks)
Les voy a contar lo que sé:
Me llamo Budo.
Hace cinco años que estoy en el mundo.
Cinco años es mucho tiempo para alguien como yo.
Fue Max quien me puso ese nombre.
Max es el único ser humano que puede verme.
Los padres de Max dicen que soy un «amigo imaginario».
Me gusta mucho la maestra de Max, la señorita Gosk.
No me gusta la otra maestra de Max, la señorita Patterson.
No soy imaginario.
 

~Entrada~

Querida Alejandría

(María García Esperón)

Aquí, Alejandría, interrumpo esta carta, porque las lágrimas me ahogan y el dolor se ha enroscado por sorpresa en la punta de mi cálamo impidiéndome trazar las letras. Porque he mirado hacia atrás y he visto espléndidos y bellos a mis padres y a mis hermanos, sentados sobre tronos de oro y ciñendo coronas. Vi sonreír a Cleopatra y exultar de orgullo a Marco Antonio. Contemplé el alma de Julio César asomada a los ojos de mi hermano mayor. Me reflejé en los sueños dorados de Alejandro Helios y sostuve contra mi pecho a Tolomeo, el pequeño macedonio.

Lloro sobre el papiro, Alejandría, y hago ilegible la despedida, porque sobre esa mañana de los tronos de oro, sobre esos niños, ese adolescente, esa reina y ese espléndido Imperator pasó el aliento inexorable de la muerte, respetando solamente –¿para qué?– a la dueña de esta mano que te escribe, tu hija, Cleopatra Selene.

 

~Plato Fuerte~
El oro del cazador
(Philip Reeve)
—¿Y bien?
—¿Bien qué? —preguntó a su vez Hester, que había tomado una manía instantánea a aquel extraño presuntuoso.
—Lo siento, señor —habló Tom más cortésmente—. No entendemos realmente lo que quiere usted…
—Oh, permítanme que me disculpe. Les pido perdón —farfulló el extraño—. ¡Déjenme que lo aclare! Mi nombre es Pennyroyal. Nimrod Beauregard Pennyroyal. He estado explorando un poco por esas grandes, horribles y altas montañas y ahora me encuentro en viaje de vuelta a casa. Me gustaría encarga pasaje a bordo de su encantadora aeronave.
 
~Postre~
La chica que leía en el metro
(Christine Féret–Fleury)
Descartó, a su pesar, el volumen de relatos, el primer tomo de En busca del tiempo perdido, varias novelas policíacas con cubiertas demasiado estropeadas, un ensayo sobre el sufrimiento en el trabajo, una biografía de Stalin (¿por qué había comprado algo así?), un manual de conversación francés–español, dos gruesas novelas rusas maquetadas en cuerpo 10 e interlineado simple (ilegible) y suspiró. Elegir no era tan fácil.
No le quedaba más remedio que vaciar el cajón. Algo encontraría. Un libro inofensivo, que no pudiera desencadenar la menor catástrofe.
A menos que…
Juliette apartó con la palma de la mano los libros, que cayeron de cualquier manera en lo que, había que admitirlo, parecía una tumba. Luego, cerró el cajón. Era triste; lo sentía, pero de momento no quería detenerse en aquella emoción difusa y desagradable.
Tenía una misión que cumplir.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 3 de junio de 2023

Tinta a la Carta CXVII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~

Los Watson

(Jane Austen)

[…] De ser objeto de todas las esperanzas y cuidados de su tío —que la había instruido con el mismo cariño que un padre— y de la ternura de una tía —cuya naturaleza amable se había deleitado en concederle todos los caprichos—; de ser el centro y la alegría de una casa donde todo habían sido comodidades y elegancia, y siendo la supuesta heredera de una fortuna que le permitiría vivir con desahogo, Emma se había convertido en una joven a la que nadie parecía querer, en una carga para aquellos cuyo afecto no podía esperar, en una boca más que alimentar en una familia demasiado numerosa, rodeada de inteligencias de un nivel inferior, con tan escasas probabilidades de sentirse cómoda en su nuevo hogar como de encontrar a alguien en quién apoyarse en el futuro. Era una suerte para ella ser de naturaleza alegre, pues el cambio era tan grande que habría sumido en la desesperación a cualquier espíritu más débil que el suyo.
 

~Entrada~

Cada siete olas

(Daniel Glattauer)

Una semana después

Asunto: La séptima ola

[…]

Pero ¡cuidado con la séptima ola! La séptima es imprevisible. Durante mucho tiempo pasa inadvertida, participa en el monótono proceso, se adapta a sus predecesoras. Pero a veces estalla. Siempre ella, siempre la séptima. Porque es despreocupada, inocente, rebelde, barre con todo, lo cambia todo. Para ella no existe el antes, solo el ahora. Y después todo es distinto. ¿Mejor o peor? Eso solo pueden decirlo quienes fueron arrastrados por ella, quienes tuvieron el coraje de enfrentarla, de dejarse cautivar.

Ya llevo una hora aquí sentada, contando las olas y observando qué hacen las séptimas. Aún no ha estallado ninguna. Pero estoy de vacaciones, tengo paciencia, puedo esperar. No pierdo las esperanzas. Aquí, en la costa occidental, sopla fuerte y cálido el viento del sur.

Emmi.

 

~Plato Fuerte~

Máquinas mortales

(Philip Reeve)

—Así que, ¿hay alguien que haya encontrado algo que el Gremio de Historiadores podría desear comprar?
Algunos de los hombres hicieron gestos afirmativos con la cabeza, otros la movieron negativamente y otros registraron el interior de sus abultadas bolsas. La muchacha de la bufanda negra cubriéndole la cabeza deslizó una mano en el interior de su abrigo y dijo:
—Yo tengo algo para ti, Valentine.
Habló tan suavemente que solo Tom y Katherine pudieron oírla, y cuando se voltearon para mirar, ella sacó de repente un largo y afilado cuchillo que levantó en el aire en dirección a Valentine.
 

~Postre~

La épica conquista de Genie Lo

(F. C. Yee)

—Basta de perder el tiempo —espetó—. Llegué a estos mezquinos salones solo para reclamar lo que me pertenece.
Antes de que nadie pudiera detenerlo, saltó sobre el escritorio de Rachel y pasó sobre ella al siguiente, como si Rachel no estuviera allí.
—¡Hey! ¡Quentin! —dijo la señora Nanda, agitando frenéticamente sus manos—. ¡Baja ahora mismo de ahí!
El nuevo estudiante la ignoró y continuó avanzando por la fila de escritorios. Hacia el mío.
Todos los que estaban en su camino se inclinaron hacia un lado para evitar que los pateara. Estaban demasiado estupefactos para hacer otra cosa que no fuera servir de contrapeso.
Se detuvo en mi escritorio y se agachó, mirándome a los ojos. Su mirada me inmovilizó en mi asiento.
No pude voltear. Estaba tan cerca que nuestras narices casi se tocaban. Olía a vino y melocotones.
—¡Tú! —dijo.
—¿Qué? —chillé.
Quentin me dedicó una sonrisa absolutamente salvaje. Inclinó su cabeza como si fuera a susurrar, pero habló lo suficientemente alto para que todos lo escucharan.
—Tú me perteneces.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 8 de abril de 2023

Tinta a la Carta CXII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Alas sobre Delft
(Aubrey Flegg)
La embargó el nerviosismo; era difícil de explicar. Sabía lo que todos esperaban —era parte de la conspiración—: el retrato de una heredera en la víspera de su matrimonio. Era algo que no podía tolerar, pero ¿cómo decirlo sin ofender?
—Por supuesto, maestro, pero ¿cómo expresarlo?… No quiero ser retratada como una gran dama, con el aspecto de tener un limón en la boca. —Las cejas del maestro volvieron a arquearse, por lo que decidió darse prisa—. ¿Recuerda su retrato del vagabundo en la puerta Begijnhof? Adoro a aquel anciano, está vivo. Yo también quiero vivir en mi retrato. Pínteme tocando el laúd o mirando por el telescopio que padre y yo estamos construyendo. Nadie quiere mirar a Louise Eeden sentada rígida como un loro disecado. Déjeme ser, simplemente, «la chica del vestido verde».
  
~Entrada~
Contra el viento del norte
(Daniel Glattauer)

Dos horas después

Fw:

Querida señora Rothner:

¿Lo hace usted adrede? ¿O se ha abonado a los días malos?

Reciba un cordial saludo,

Leo Leike

 

15 minutos después

Re:

Querido señor Leike:

Ahora sí que me sabe fatal. Por desgracia, tengo un defecto crónico «ei», mejor dicho, «e» delante de «i». Cuando escribo deprisa y viene una «i», se me escurre siempre una «e». Lo que sucede es que las yemas de mis dos dedos corazón se hacen la guerra en el teclado. La izquierda siempre quiere ser más rápida que la derecha, pues soy zurda de nacimiento y en el colegio me invirtieron la polaridad. Hasta hoy, la mano izquierda no me lo ha perdonado. Siempre mete una «e» con la yema del dedo corazón antes de que la derecha pueda poner una «i». Disculpe la molestia, (probablemente) no volverá a ocurrir.

Que tenga una buena tarde,

E. Rothner

 

~Plato Fuerte~

El disco del tiempo

(María García Esperón)

Nuria frunció el ceño. Mejor eliminar los mensajes. ¿Qué sabía ella del Disco de Festos? Lo mismo que sabía de la piedra del Sol o de la pirámide de Keops. Nada, menos que nada. Hasta hacía unos minutos, ni siquiera sabía que existía. No era una estudiante de arqueología, sino de informática. ¿Y por qué iba a interrumpir sus estudios, de buenas a primeras, para meterse en tres aviones y aparecer en la isla de Creta?
—No confíes en desconocidos —le había dicho su padre hasta la saciedad—, las cárceles están llenas de inocentes que cayeron ahí por haber confiado.
Estuvo a punto de borrar los mensajes. De tratar de olvidarlos. Pero algo más fuerte que su precaución le hizo buscar el número de la línea aérea para confirmar que estuviera su reservación. Sí estaba; a nombre de Nuria Fuentes. Mexicana. Estudiante de Informática. Veinte años.
 
~Postre~
Bestias de la noche
(Tochi Onyebuchi)
Sacudo mis manos y me vuelvo para enfrentar a la bestia del pecado muerta. Lentamente, se convierte en bruma y se disuelve poco a poco, miembro por miembro, hasta formar un estanque negro de alquitrán en el suelo de mármol. La sustancia de tinta oscura comienza a arremolinarse, más y más rápido, hasta que se precipita hacia mí.
Odio esta parte.
Me pongo en cuclillas y abro la boca mientras los restos de la inisisa nadan a través de mi garganta. Quema. Tengo que cerrar los ojos. Cada vez. Y cada vez parece que durará para siempre. La tristeza que rasga mi piel. La culpa que se apodera de mi mente. El frío que perfora los huesos y congela mi médula. Y quiero gritar, pero mi garganta está llena de pecado, y el momento se estira como un trozo de goma que se jala y tira hasta que finalmente revienta.
Y estoy de vuelta.

Con mis agradecimientos a Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 9 de julio de 2022

Tinta a la Carta CVII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~

La princesita

(Frances Hodgson Burnett)

Cuando se fue, Sara se quedó en medio de la buhardilla. Las reverencias del nativo le hicieron recordar muchas cosas. Le parecía curioso que la misma cocinera que la había insultado hacía una hora, años atrás la hubiera tratado igual que Ram Dass. Era como una especie de sueño que se había acabado y ya no se repetiría. Entonces tuvo un pensamiento alegre y el color volvió a sus mejillas.

—Pase lo que pase —dijo—, si me comporto como una princesa lo seré en mi interior. Es fácil ser una princesa si voy vestida con ropas de oro, pero es un triunfo serlo si nadie lo sabe.

 

~Entrada~

La casa de los mil pasillos

(Diana Wynne Jones)

—¿Por qué haces eso? —preguntó Charmain.

—Para no escaldarme —contestó Peter lanzando cuchillos y tenedores en su mezcla que fueron seguidos por pilas de platos—. ¿Es que no sabes nada?

—No —admitió Charmain. Le irritó pensar que ninguno de los muchos libros que había leído mencionaba, ni siquiera de pasada, fregar platos, no hablemos ya de explicar cómo se hace. Vio cómo Peter usaba con energía un trapo para quitar comida muy, muy antigua del plato estampado, que salió limpio y brillante del agua jabonosa. A Charmain le empezó a gustar bastante el proceso y estaba casi dispuesta a creer que era magia. Vio cómo Peter sumergía el plato en otro recipiente para aclararlo. Entonces se lo pasó.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó ella.

—Secarlo, por supuesto —dijo él […].

 

~Plato Fuerte~

Heidi

(Johanna Spyri)

—Tráete para adentro tu atado de ropa —le ordenó cuando vio que ella lo seguía.

—No la voy a necesitar más —replicó, muy lista, la niña.

El anciano se dio la vuelta y fijó una mirada escrutadora en la chica, cuyos ojos oscuros brillaban de alegría con la perspectiva de lo que iba a ver adentro.

“Ciertamente que no le falta inteligencia”, murmuró el viejo para sí.

—¿Y por qué razón no la vas a necesitar más? —preguntó en voz alta.

—Porque quiero andar ligera como las cabras, con sus patas livianas y finitas.

 

~Postre~

Como pez en el árbol

(Lynda Mullaly Hunt)

—Perdón —me disculpo, y lo digo en serio—. Escribiré la composición. Lo prometo.

Ella suspira.

—Está bien, Ally, pero si el lápiz se detiene un solo segundo, te marchas.

Me traslada a la mesa de lectura, junto a un mural del día de Acción de Gracias dedicado a la importancia de estar agradecido. Mientras tanto, rocía mi mesa con limpiador. Y me mira como si quisiera rociarme a mí también. Borrar a la tonta.

Bizqueo un instante. Ojalá no me molestaran tanto las luces. Y luego intento sostener el lápiz como se supone que debería y no de la manera rara en que mi mano se empeña en agarrarlo.

Escribo con una mano, escondiendo el papel con el brazo. Sé que no debo dejar de escribir si no quiero ganármela otra vez, así que anoto una y otra vez las palabras “por qué”, de principio a final de la página.

En parte, porque sé cómo se escriben, y en parte, porque espero que alguien me conteste de una vez.

 

Con mis agradecimientos a Nea Poulain, por inspirar el ciclo de entradas "Tinta a la Carta". 

sábado, 9 de marzo de 2019

Tinta a la Carta CII: Almuerzo en cuatro tiempos

~Aperitivo~ 
Boneshaker 
(Cherie Priest) 
—Maynard era un hombre justo. ¿No lo entiende? Los chicos y chicas que están en la calle, vendiendo droga, y consumiéndola, y los ladrones, las putas, los que están arruinados y los criminales… todos los que saben, por las malas, que la vida no es justa, todos creen en Maynard, porque él sí lo era. 
Briar interrogó a Rector respecto a los detalles de la huida de Zeke. Para cuando aparecieron un cura francamente fornido y más monjas para expulsar a Briar, ya había averiguado lo suficiente. Y todo lo que sabía apuntaba a un hecho terrorífico. 
Su hijo había entrado en la ciudad amurallada. 

~Entrada~ 
Las luces de septiembre 
(Carlos Ruiz Zafón) 
—¿Luces? 
—Las luces de septiembre —dijo Ismael, mientras rebasaban el islote a estribor—. La leyenda, si la quieres llamar así, dice que una noche, a finales de verano, durante el baile de máscaras del pueblo, las gentes vieron cómo una mujer enmascarada tomaba un velero en el puerto y se hacía a la mar. Unos opinan que acudía a una cita secreta con su amante en el islote del faro; otros, que huía de un crimen inconfesable… Ya ves, todas las explicaciones son válidas porque, de hecho, nadie realmente supo quién era. Su rostro estaba cubierto con una máscara. Sin embargo, mientras cruzaba la bahía, una terrible tormenta que se desató de improviso arrastró su bote contra las rocas y lo destrozó. La mujer misteriosa y sin rostro se ahogó, o al menos nunca se encontró su cuerpo. Días más tarde, la marea devolvió su máscara, destrozada por las rocas. Desde entonces, la gente dice que, durante los últimos días del verano, al anochecer, pueden verse luces en la isla… 

~Plato Fuerte~ 
El profesor 
(Charlotte Brontë) 
—¿Y su gratitud? 
—Partiré muy pronto, señor Hunsden, mañana si todo va bien. No me quedaré en X un día más de lo estrictamente necesario. 
—Muy bien, pero debería tener la decencia de reconocer como es debido la ayuda que le he prestado. ¡Sea rápido! Van a dar las siete; estoy esperando a que me dé las gracias. 
—Hágame el favor de apartarse, señor Hunsden, necesito la llave que está encima de la repisa de la chimenea, en ese rincón. Voy a meter mis cosas en el baúl antes de acostarme. 
El reloj de la casa dio las siete. 
—Este muchacho es un pagano —dijo Hunsden, y recogiendo su sombrero de una mesita, abandonó la habitación riendo para sus adentros. Me sentí tentado de ir tras él, realmente tenía intención de abandonar X a la mañana siguiente y sin duda no dispondría de más oportunidades para despedirme. La puerta de la calle se cerró con un fuerte golpe al tiempo que me oí decir: 
—Que se vaya. Algún día volveremos a encontrarnos. 

~Postre~ 
La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada 
(Gabriel García Márquez) 
Al amanecer, cuando por fin se acabó el viento, empezaron a caer unas gotas de lluvia gruesas y separadas que apagaron las últimas brasas y endurecieron las cenizas humeantes de la mansión. La gente del pueblo, india en su mayoría, trataba de rescatar los restos del desastre: el cadáver carbonizado del avestruz, el bastidor del piano dorado, el torso de una estatua. La abuela contemplaba con un abatimiento impenetrable los residuos de su fortuna. Eréndira, sentada entre las dos tumbas de los Amadises, había terminado de llorar. Cuando la abuela se convenció de que quedaban muy pocas cosas intactas entre los escombros, miró a la nieta con una lástima sincera. 
—Mi pobre niña —suspiró—. No te alcanzará la vida para pagarme este percance. 

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".