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sábado, 23 de marzo de 2024

Tinta a la Carta CXXXIX: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~
La chica de los prodigios
(Jason Mott)
—En un giro de los acontecimientos, hasta ahora inexplicable —continuó la presentadora tras explicar cómo habían quedado atrapados bajo los escombros—, esta niña, Ava Campbell, curó de algún modo las heridas de su amigo. —En la pantalla había una foto de Wash mientras lo sacaban de entre las ruinas. Tenía la ropa hecha jirones y socorrían la parte de su estómago, donde hasta hacía un momento había habido una herida horrible—. El chico estaba absolutamente curado —repitió la periodista, pronunciando las palabras despacio y con una elocución impecable.
—¡Mira! —exclamó Wash entusiasmado, señalando la televisión. Volvió a mirar a Ava y de nuevo se subió la camisa, como si verificara que lo que ella veía en la pantalla y lo que veía en ese momento, en la vida real, era igual de cierto—. Lo hiciste de verdad. ¡Lo hiciste de verdad! —Sonreía otra vez de oreja a oreja, lleno de asombro, impresionado.
—No es verdad —replicó Ava, que cerró los ojos y sacudió la cabeza—. Es una broma, ¿no?
 
~Entrada~
Asedio y Tormenta
(Leigh Bardugo)
Sonó un grito:
—¡A las dos desde la proa, a estribor!
Como una, nuestras cabezas se giraron, y me quedé quieta. Algo se estaba moviendo en la niebla, una forma blanca resplandeciente y ondulante.
—Por todos los Santos —resopló Mal.
En ese momento, el lomo de la criatura rompió las olas y su cuerpo cortó el agua en un arco sinuoso, con todos los colores del arcoíris reflejados en sus escamas iridiscentes.
Rusalye.
 
~Plato Fuerte~
Clea
(Lawrence Durrell)
—[…]. Esta noche tengo que levantarme por un par de horas para practicar una corta caminata; es extraordinario lo débil que uno se siente por la simple falta de práctica. Después de un par de semanas en cama uno pierde el dominio de sus piernas. Y no debo caerme mañana, si no la gente va a pensar que estoy otra vez borracho y eso no debe ocurrir. En cuanto a usted, trate de encontrar a Clea.
—Iré al estudio a ver si está trabajando.
—Me alegro de que haya vuelto.
—Yo también, aunque de una manera extraña.
Era difícil, en el tráfago inconexo y deslumbrador de la calle, no sentirse como un antiguo habitante de la ciudad, que regresa del otro lado de la tumba para visitarla. ¿Dónde podría encontrar a Clea?
 
~Postre~
Everless. La Hechicera y el Alquimista
(Sara Holland)
Él no puede detenerme.
Después de que papá ahuyentara a Liam aquella noche en que yo tenía doce años, él decidió cambiar nuestro pasado. El hecho de que los aldeanos supieran que el desacreditado herrero de los Gerling había aterrizado en medio de ellos, despertaría asombro, preguntas: ¿Por qué había abandonado tan alta posición por una miserable vida en el pueblo? Peor: ¿qué pasaría si Liam nos encontraba otra vez y llevaba a cabo una mezquina venganza? Será más fácil, propuso papá, crear una historia típica y aburrida: un granjero y su hija abandonan el campo después de una plaga. Él me enseñó a mentir para que nadie nos observara muy detenidamente.
Lo que no sabe es que me enseñó muy bien.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 23 de diciembre de 2023

Tinta a la Carta CXXXIV: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Las novelas tontas de ciertas damas novelistas
(George Eliot)
[…] Al no haber restricciones educativas que impidan a las mujeres acceder a los instrumentos de la ficción, no existe ninguna clase de arte tan libre de requisitos que lo constriñan. Cual si de una masa cristalina se tratara, este arte puede adoptar cualquier forma y seguir siendo hermoso. Solo hay que llenarlo con los elementos adecuados: la observación genuina, el humor y la pasión. Esta ausencia de requisitos rígidos es, sin embargo, lo que constituye la fatídica atracción de la escritura para las mujeres incompetentes. […]. Todo arte que precise un absoluto dominio técnico queda, hasta cierto punto, protegido de las intrusiones de la torpe imbecilidad zurda. Pero al escribir una novela no hay barreras que pongan coto a la incapacidad, ni criterios externos que impidan a un autor confundir la maña tontorrona con la maestría. Y así nos topamos una y otra vez con aquella historia del asno de La Fontaine que, al acercar el hocico a una flauta y escuchar el sonido, exclama: «Yo también sé tocar la flauta». […]
 
~Entrada~
Sombra y hueso
(Leigh Bardugo)
—¡Iván! —gritó. Un Mortificador muy alto corrió hasta su lado desde la tarima—. Acompáñala a mi carruaje. La quiero rodeada por una guardia armada en todo momento. Llévala al Pequeño Palacio y no te detengas para nada. —Iván asintió—. Y que un Sanador se ocupe de sus heridas.
—¡Espera! —protesté, pero el Oscuro ya se estaba alejando. Le agarré el brazo, ignorando el jadeo que soltaron los Grisha que nos miraban—. Ha habido algún error. Yo no… No… —Mi voz se apagó mientras él se giraba lentamente hacia mí, y sus ojos de piedra se detuvieron en la mano que agarraba su manga. La solté, pero no me iba a rendir tan fácilmente—. No soy lo que tú crees —susurré, desesperada.
El Oscuro se acercó a mí.
—Creo que no tienes la menor idea de lo que eres —dijo con voz tan baja que solo yo pude oírla. […]
 
~Plato Fuerte~
Mountolive
(Lawrence Durrell)
Se dijeron adiós en el ferry y los cuatro se abrazaron largamente. Era una hermosa mañana vibrante, con nieblas bajas perturbando los perfiles del gran lago. Nessim había llamado un automóvil que estaba parado debajo de una distante palmera, como un punto negro tembloroso. Mountolive echó una violenta mirada a su alrededor al subir al barco, como si quisiera poblar su memoria para siempre con los detalles de esta tierra, de estas tres caras sonrientes que le deseaban buen viaje en el idioma de él y en el propio.
—Volveré —gritó. Pero en su tono ella percibía toda su ansiedad y dolor. Naruz levantó un brazo encogido y sonrió su encogida sonrisa; mientras Nessim pasaba el brazo por el hombro de Leila y saludaba con la otra mano, con plena conciencia de lo que sentía ella, aunque le habría sido imposible hallar palabras para sentimientos tan equívocos y tan verdaderos.
El barco desatracó. Aquello había terminado. Punto final.
 
~Postre~
El color púrpura
(Alice Walker)
Bueno, hablamos y hablamos de Dios, pero yo aún estoy hecha un lío. Intento sacarme de la cabeza al anciano blanco. Tan ocupada estaba pensando en Él que no me daba cuenta de las cosas que ha hecho. Ni de la espiga de trigo (¿cómo las hará?), ni del color púrpura (¿de dónde habrá salido?). Ni de las flores silvestres. Ni de nada.
Ahora que se han abierto los ojos me siento como una idiota. Al lado de la planta más insignificante del patio, la ruindad de Mr. –––– parece achicarse. Aunque no desaparece del todo. Pero es lo que dice Shug. Para poder ver algo con un poco de claridad tienes que quitar al hombre de tu campo visual.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 23 de septiembre de 2023

Tinta a la Carta CXXIX: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~
De la amistad
(Michel de Montaigne)
[…] Esa amistad de la que yo hablo es indivisible. Cada uno se da por completo a su amigo hasta tal extremo que no le queda nada que repartir a los demás: le entristece la idea de no ser doble, triple o cuádruple; de no poseer varias almas y varias voluntades para dedicarlas a esa tarea. Las amistades comunes pueden dividirse; puede apreciarse la belleza de uno, el trato agradable en otro, la liberalidad de un tercero, la paternidad en un cuarto, la fraternidad en un quinto y así sucesivamente; mas es imposible que sea doble la amistad que es dueña del alma y la gobierna como soberana absoluta. […]
 
~Entrada~
La musa de las pesadillas
(Laini Taylor)
Tengo poder, pensó, maravillado.
Una vez que los arcos quedaron restaurados, vio al ejército fantasma que esperaba adentro, y le preocupó que Minya reanudara su ataque. Pero no lo hizo. Simplemente se fue.
Aunque Lazlo, en sus corazones, había declarado la guerra a la niña oscura, no era guerrero, y sus corazones no tenían talento para el odio. Mientras la miraba alejarse, tan pequeña y tan sola, un momento de claridad lo sacudió. Quizá Minya fuera salvaje, irredimible, rota sin remedio. Pero si querían salvar a Sarai y a Weep… tenían que salvarla a ella primero.
 
~Plato Fuerte~
Balthazar
(Lawrence Durrell)
El mar tenía una tibieza tentadora después de un día soleado de primavera, y cuando Balthazar subió al bote, se me ocurrió acompañarlo a nado hasta el barco que estaba a menos de doscientos metros de la orila. Así lo hice y me mantuve a flote para verlo trepar la escala. Después izaron el bote.
—Cuidado, que no lo atrape la hélice —me gritó—. Váyase antes de echen a andar las máquinas…
—Sí…
—Espere… antes de irse…
Se metió en un camarote, volvió a salir enseguida y arrojó algo al agua. Sentí a mi lado una leve salpicadura.
—Una rosa de Alejandría —dijo—, de la ciudad que puede ofrecer todo a sus amantes salvo la felicidad —lanzó una risita ahogada—. Désela a la niña.
—¡Adiós, Balthazar!
—¡Escríbame… si se atreve!
 
~Postre~
La milla verde
(Stephen King)
—Las celdas están bastante iluminadas durante toda la noche —dije—. La mitad de las luces de la Milla Verde están encendidas desde las nueve hasta las cinco de la mañana. —Entonces pensé que no tendría la más remota idea de qué estaba hablando; no podía diferenciar la Milla Verde del lodo de Mississippi, de modo que añadí—: Me refiero a las luces del pasillo.
Hizo un gesto de alivio. No estaba seguro de que supiera lo que era un pasillo, pero podía ver las bombillas de doscientos vatios en sus portalámparas de acero.
Aquel día hice algo que no había hecho nunca con un prisionero: le tendí la mano. Ni siquiera hoy sé por qué lo hice. Quizá fuese por la pregunta de las luces. Les aseguro que Harry Terwillinger se quedó de piedra. Coffey me estrechó la mano con sorprendente suavidad; mi mano se perdió en la de él y eso fue todo. Tenía otra polilla en mi frasco asesino y nada más.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 22 de julio de 2023

Tinta a la Carta CXXIV: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~
La vuelta al mundo en 80 días
(Jules Verne)
—¡Es una broma!
—Un buen inglés no se burla nunca cuando se trata de una cosa tan formal como una apuesta —respondió Phileas Fogg—. Apuesto veinte mil libras contra quien quiera a que yo doy la vuelta al mundo en ochenta días, o menos, sean mil novecientas veinte horas, o ciento quince mil doscientos minutos. ¿Aceptáis?
—Aceptamos —respondieron los señores Stuart, Falletin, Sullivan, Flanagan y Ralph después de haberse puesto de acuerdo.
—Bien —dijo Fogg—. El tren de Douves sale a las ocho y cuarenta y cinco. Lo tomaré.
—¿Esta misma noche? —preguntó Stuart.
—Esta misma noche —respondió Phileas Fogg—. Por consiguiente —añadió, consultando un calentario del bolsillo—: puesto que hoy es miércoles 2 de octubre, deberé estar de vuelta en Londres, en este mismo salón del Reform-Club, el sábado 21 de diciembre a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la tarde, sin lo cual las veinte mil libras depositadas actualmente en la casa de Baring Hermanos os pertenecen de hecho y de derecho, señores. […]
 
~Entrada~
La gaviota
(Juan García Ponce)
Mucho después, el negro pelo de ella estaba extendido en su pecho y sus labios se entreabrían silenciosos sobre los latidos de la vena del cuello de él. A su alrededor, como única presencia en el vacío que se mostraba más allá, la luz nos envolvía como una manta delicada, tenue en su mismo ardor, capaz de mostrar su peso solo en el cuerpo de ellos. Entonces, como si despertara temerosa de un único sueño para entrar por primera vez en días, Katina levantó apenas la cabeza, hizo a un lado su pelo que le cubría parte de la cara y dijo casi en un susurro, con los ojos azules fijos en los de él.
—Dwig, die Möwe, la gaviota…
Los dos levantaron la cabeza y buscaron tímidamente a su derredor y luego se pusieron de pie, incrédulos; pero la gaviota ya no estaba.
 
~Plato Fuerte~
Justine
(Lawrence Durrell)
De esa época recuerdo también una observación de Pursewarden que resumía en pocas palabras su actitud hacia nuestros amigos.
—¡Alejandría! —exclamó, en uno de nuestros paseos a la luz de la luna—. Esos judíos con su misticismo de cafetería. ¿Cómo explicarlo con palabras? El lugar, la gente, ¿cómo?
Quizá estaba tramando ya su cuento tan cruel, y buscando la mejor manera de retratarnos.
—Justine y su ciudad se parecen —agregó— en que ambos tienen un sabor intenso a la vez que les falta todo carácter auténtico.
 
~Postre~
Fans de una vida imposible
(Kate Scelsa)
Has estado antes aquí.
La carretera que serpentea hacia el norte a través de los oscuros bosques de Nueva Inglaterra. Blancas dunas, semejantes a la luna, que se elevan a ambos lados de la carretera.
Puedes regresar. Aun después de haberles hecho un daño demasiado profundo para comprenderlo. Aun después de que lo imposible se vuelva exactamente eso. Demasiado inalcanzable incluso para soñar.
El amor recuerda los lugares donde se posó, dejando en sus cuerpos una estela invisible. Síguela. Puede llevarte de vuelta a ellos.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 17 de junio de 2023

Tinta a la Carta CXIX: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Cosas que nadie sabe
(Alessandro D’Avenia)
—¿Tú sabes quién es? —respondió Margherita, que no estaba escuchando.
—¿Kim? Claro, es buenísima… ¡También ha hecho un montón de musicales!
—Ese chico…
—¿Cuál? —preguntó Marta buscando entre los actores en la hierba.
—Da igual… ¿Qué decías de Kim?
—Es amiga de mi madre y nunca se equivoca: ha dicho que tienes talento. ¿Estás segura de que nunca has interpretado?
—Nunca. Solo he dejado que pasase.
—¿En qué sentido?
—No lo sé, son cosas que nadie sabe…
Y lo único que ahora quería saber era dónde se habían metido esos dos ojos hechos de finísimos surcos azules, parecidos a ríos nacidos de glaciares inalcalzables que desembocan en un mar negro como una perla rarísima. Era absurdo, pero los echaba de menos.
 
~Entrada~
Diario de una pasión
(Nicholas Sparks)
—Está prometida —musitó finalmente, y durante horas se quedó en un silencio roto únicamente por el ruido de la mecedora. La noche estaba tranquila, con escasa actividad a no ser por Clem, que de vez en cuando se le acercaba para controlarlo, como si quisiera preguntarle: «¿Estás bien?»
Y poco después de las doce, en aquella serena noche de octubre, Noah notó que todo se desmoronaba a su alrededor y se sintió desbordado por un incontenible sentimiento de desesperación. Si alguien lo hubiera visto en ese momento, habría pensado que parecía más viejo, como si en tan solo un par de horas hubiera envejecido medio siglo. Un pobre anciano inclinado sobre la mecedora, con la cara hundida entre las manos y lágrimas en los ojos.
No podía parar de llorar.
 
~Plato Fuerte~
La guerra no tiene rostro de mujer
(Svetlana Alexiévich)
»El comandante del Estado Mayor estaba sentado donde tú estás ahora. “Señálame —dijo con un golpe en la mesa— a aquel que te haya ofendido. ¡Enséñamelo!” Y me pedía perdón: “Valentina, no tengo palabras para ti, solo lágrimas”. No queremos que se compadezcan de nosotras. Tenemos nuestro orgullo. Que reescriban la Historia las veces que quiera. Con Stalin o sin él. Pero esto siempre quedará: ¡vencimos! Al igual que nuestros sufrimientos. Lo que habíamos aguantado. No es chatarra, ni cenizas. Es nuestra vida.
»Y ya no digo ni una palabra más…»
Me marcho con un paquete de empanadas bajo el brazo: «Son siberianas. Especiales. No las encontrarás en una tienda…». Además he recibido otra larga lista de nombres y teléfonos: «Estarán encantadas de hablar contigo. Te estarán esperando. A ver si me explico: recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible.»
Ahora entiendo por qué a pesar de todo ellas eligen hablar…
 
~Postre~
Yo, Simon, Homo Sapiens
(Becky Albertalli)
—Verás —se explica—, sé que eres amigo de Abby Suso y quería pedirte…
—¿Pedirme? ¿Es en serio? ¿Por qué no me explicas antes a santo de qué le has hecho una captura a mis correos?
Aguarda un momento antes de responder.
—Mira, yo solo estaba pensando si querrías ayudarme a hablar con Abby.
Se me escapa la risa.
—¿Qué me estás pidiendo? ¿Que interceda por ti?
—Bueno, sí —reconoce.
—¿Y por qué diablos iba a hacer algo así?
Me mira y, de sopetón, ato cabos. Todo esto es por Abby. Eso es lo que quiere de mí. A cambio de no difundir mis malditos correos privados.
Y los de Blue.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 22 de abril de 2023

Tinta a la Carta CXIV: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Renace el fénix
(John J. Nance)
—Roy, estoy… petrificada. Han logrado transformar la solvencia en un desastre financiero. Yo preparé este asunto para que tuvieran pagos bajos y alta seguridad y pudieran sobrevivir a tres años de pérdidas cuantiosas.
—Hay más, Elizabeth.
—¿Qué más? —”No es posible”, pensó.
—Si declaran que no hemos cumplido con los pagos, pueden cancelar el arrendamiento de las aeronaves.
Elizabeth escudriñó los ojos de Ron Lamb y vio desesperación y arrepentimiento. Él había cometido un error gigantesco al confiar en la persona equivocada como director financiero y ahora quería que ella resolviera el problema con un movimiento de su varita mágica.
—Elizabeth, sé que es una tarea titánica, y confieso que te presenté un panorama más optimista. En este momento hay casi dos mil personas que trabajan para la compañía y confían en nosotros. Por eso te necesito. Te necesitamos. Por favor, no huyas.
—Está bien, Ron. Lo primero que debemos hacer es modificar el financiamento, pero no será fácil.
 
~Entrada~
El soñador desconocido
(Laini Taylor)
¿La Ciudad Oculta aún estaba en pie? ¿Su gente aún vivía? ¿Qué había ocurrido doscientos años atrás? ¿Qué había ocurrido quince años atrás? ¿Qué poder era capaz de borrar un nombre de las mentes del mundo?
Lazlo quería ir y averiguarlo. Ése era su sueño, audaz y magnífico: ir allá, a medio mundo de distancia, y resolver los misterios por sí mismo.
Era imposible, desde luego.
Pero ¿cuándo eso ha impedido que un soñador sueñe?
 
~Plato Fuerte~
Vida de Pi
(Yann Martel)
Soltó un rugido y arañó el aire. Pero no saltó. Quizás no temiera el mar cuando el hambre y la sed lo llevaran a la locura, pero de momento, tenía que aprovechar el temor que le tenía.
¡PRIIIIII! ¡PRIIIIII! ¡PRIIIIII! ¡PRIIIIII! ¡PRIIIIII! ¡PRIIIIII!
Retrocedió y se tiró al fondo del bote. La primera sesión de adiestramiento había acabado. Había sido un éxito rotundo. Dejé de pitar y me desplomé encima de la balsa, sofocado y agotado.
Y asi acaeció:
Plan Número Siete: Mantenerlo Vivo.
 
~Postre~
Bajo la misma estrella
(John Green)
—¿Qué pasa aquí? —preguntó la mujer de mediana edad un segundo después de que yo hubiera tomado la foto—. ¡Por todos los…!
Se calló.
—Señora —le dijo Augustus saludándola con la cabeza—, un ciego acaba de lanzar huevos al coche de su hija merecidamente. Por favor, entre en su casa y cierre la puerta o nos veremos obligados a llamar a la policía.
La madre de Mónica dudó un momento, pero cerró la puerta y desapareció. Isaac lanzó los últimos tres huevos a toda prisa, uno detrás del otro, y Gus lo acompañó de vuelta al coche.
—Ya ves, Isaac. Si le quitas (ahora llegamos al bordillo) el sentimiento de legitimidad, si le das la vuelta a la tortilla para que crean que están cometiendo un delito por mirar (unos pasos más), les llenas el coche de huevos, se quedarán confundidos, asustados y preocupados, y se limitarán a volver a sus (tienes la manilla justo delante) desesperadas y silenciosas vidas.

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 23 de julio de 2022

Tinta a la Carta CIX: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~
Fahrenheit 451
(Ray Bradbury)
Ambos se quedaron mirando el libro que había en la mesa.
—He tratado de recordar —dijo Montag—. Pero, ¡diablo!, en cuanto vuelvo la cabeza, lo olvido. ¡Dios! ¡Cuánto deseo tener algo que decir al capitán! Ha leído bastante y se sabe todas las respuestas, o lo parece. Su voz es como almíbar. Temo que me convenza para que vuelva a ser como antes. Hace solo una semana, mientras rociaba con petróleo unos libros, pensaba: «¡Caramba, qué divertido!»
El viejo asintió con la cabeza.
 
~Entrada~
Noche de Pastel y Marionetas
(Laini Taylor)
Así que aunque podría hacer lo normal y hablarle —“Qué bien tocas el violín, guapo” es una de mis propuestas—, no confío en que mi boca no me traicione silenciándose o frunciendo los labios. Además, siempre hay gente en el teatro, posibles testigos de mi humillación, y es inaceptable. No, debo atraerlo para que salga, como si yo fuera un fuego fatuo, y así internarlo en la profundidad del bosque hasta que esté perdido y condenado. Sin el bosque ni la condena, solo la atracción. Como una venus atrapamoscas que dice: “Soy una flor deliciosa, ven a probarme”, y luego ¡zas! Devorarlo. Sin devorarlo.
Bueno, tal vez solo un poco.
Aquí vamos. Tengo scuppies en el bolsillo y deseo en mi corazón.
Hoy es la noche.
 
~Plato Fuerte~
Salvajes
(A. G. Howard)
A diferencia de mi séquito de las profundidades, no puedo marcharme sin mirar atrás.
Me detengo y observo a través de una nube de un millar de alas que se agitan en el paisaje brillante del horizonte. Siento una presión en el pecho.
Cojo los recuerdos de la mochila. Tres botellas de vidrio ornamentadas: la primera llena de diminutas piedras, la segunda con conchas marina y la última con polvo plateado de estrellas. Al echar un vistazo a las tres, los recuerdos contra los que he estado luchando se abren paso en mi mente, de forma lenta y grácil, como la luz del sol arrastrándose sobre un mundo dormido y silencioso.
 
~Postre~
Agnes Grey
(Anne Brontë)
—Yo creo —dijo ella— que la diversión de un niño pesa bastante más que el bienestar de una bestia sin alma.
—Pero para el bien del niño, no hay que alentarle a que se entretenga con tales diversiones —respondí, tan mansamente como me fue posible, para compensar mi inusitada perseverancia. —“Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos alcanzarán misericordia”.
—Oh, por supuesto. Pero eso se refiere a nuestra conducta unos con con otros.
—”El hombre misericordioso tiene misericordia para con su bestia” —me atreví a añadir.
—Me parece que usted no ha dado muestras de tener mucha misericordia —respondió ella, con una risa corta y amarga—, al matar a todos los pajarillos de aquella manera tan espantosa y hacérselo pasar tan mal al querido muchacho, todo por un capricho!
Creí prudente no decir nada más.

Con mis agradecimientos a Nea Poulain, por inspirar el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".

sábado, 23 de marzo de 2019

Tinta a la Carta CIV: Merienda en cuatro tiempos

~Aperitivo~ 
El curioso caso de Benjamin Button 
(Francis Scott Fitzgerald) 
—Oye —dijo a Roscoe un día—, te he repetido una y mil veces que quiero ir al colegio. 
—Pues ve —contestó Roscoe lacónicamente. El tema le desagradaba y deseaba evitar una discusión. 
—No puedo ir solo —adujo Benjamin con impotencia—. Tendrás que apuntarme y llevarme. 
—Yo no tengo tiempo —declaró Roscoe sin contemplaciones. Entornó los ojos y miró, inquieto, a su padre—. De hecho —añadió—, mejor será que no alargues mucho más este asunto. Mejor será que acabes de una vez. Mejor será… Mejor será… —Se interrumpió y enrojeció mientras buscaba las palabras adecuadas—. Mejor será que des media vuelta y empieces a ir otra vez en sentido contrario. Para ser una broma, esto ya ha ido demasiado lejos. Ya no tiene gracia. ¡Haz el favor de… de comportarte! 

~Entrada~ 
El fin de la eternidad 
(Isaac Asimov) 
¿Bien? ¿Tener permiso oficial para aprender todo lo que pudiera sobre los días anteriores a la Eternidad? ¿Estar personalmente asociado al mayor Eterno de todos? Incluso el hecho desagradable del estatus de un técnico parecía soportable en semejantes condiciones. 
Sin embargo, su precaución no le falló del todo. Dijo: 
—Si es necesario para el bien de la Eternidad, señor… 
—¿Para el bien de la Eternidad? —exclamó el enano computador con repentina excitación. Arrojó la colilla del cigarrillo con tal energía que se estrelló contra la pared opuesta y rebotó en una nube de chispas—. Te necesito para la existencia de la Eternidad. 

~Plato Fuerte~ 
Engaños 
(A. G. Howard) 
—¿Qué más? —pregunto para cambiar de tema. 
Deja caer la mano a mi rodilla. 
—¿Eh? 
—Has dicho «en primer lugar». Eso significa que hay más. 
Las arrugas de preocupación vuelven a aparecer en su frente. 
—Cierto. Es hora de que me digas la verdad. Toda la verdad. 
Se me hace un nudo en la garganta. 
—Son muchos años qué cubrir. ¿Por dónde debería empezar? 
—Vayamos pasito a pasito. La historia de tu madre. Cómo se involucró Jeb. ¿Sabe lo que eres? Y esa criatura alada que me llevó a través del portal del País de las Maravillas, ¿qué parte representa? 
—Guau, papá. ¿Eso es pasito a pasito? 
—Sí. 
—Serán pasos de brontosaurio —bromeo. 

~Postre~ 
Sangre dorada 
(Stephen Woodworth) 
—Usted debe ser Natalie Lindstrom, si no me equivoco. 
—Sí. Disculpe la actitud de mi hija. 
Natalie miró de soslayo hacia las escaleras torciendo el gesto. 
—Ah, no se preocupe. Es una niña muy linda. Mire, quería hacerle una propuesta laboral… 
«Ya estamos», pensó Natalie. 
—Lo siento, pero me pesca en un momento malísimo, y no creo que me interese comprarle nada de todos modos. 
El caballero rió entre dientes. 
—No he venido a venderle nada. Permítame que me presente… —introdujo una mano en el bolsillo interior de la chaqueta y extrajo una tarjeta—. Soy el doctor Abel Wilcox, de la Universidad de Stanford. Me gustaría contratar sus servicios como médium.  

Con mis agradecimientos para Nea Poulain, por la idea para el ciclo de entradas "Tinta a la Carta".